Algo siempre es algo

Lea la columna de Uka Green

Uka Green tiene opiniones y convicciones que comparte desde diversas plataformas mediáticas con su proyecto TiTantos. - Captura / Instagram

Mentiría si dijera que soy la misma. El primer temblor, aquel que nos remeneó en diciembre hace unos años, me ha dejado cicatrices. Ultimamente ando con un miedo metido entre las capas siempre apretadas y sólidas de mi valentía. Se me va colando entre los nervios y amenaza con joderme la vida. Es que me crié en una época en la que los tsunamis, los terremotos, los huracanes y esos otros engendros de la madre naturaleza no eran protagonistas. Existían, sí, pero la incomunicación nos mantenía enajenados y cuando nos enterábamos ya era tarde para reaccionar.

Ahora todo ha cambiado. Nos enteramos ipso facto. Hasta avisamos a nuestros friends si estamos conectados. Luego nos buscamos, contamos nombres y status para verificar que no haya mermas, nos consolamos, derramamos los temores, lloramos las penas y seguimos con la vida. Pero entonces llega lo peor, la noticia en los medios de comunicación exaltada, escarbada y ampliada a primera plana y primer titular. Las secuelas de los desastres naturales se expanden a tal grado que vivimos pegados a cada detalle, comiéndonos las uñas de los nervios, rezando por los afectados, culitrincos de ansiedad y culicagados aterrorizados.

Como consecuencia natural de todo lo que veo se me hace imposible dormir como antes. Estoy librando una batalla de informática en mi casa, explicándole al dedillo a mis hijos lo que tienen que hacer si están aquí, si están allá, si están juntos, si están separados y sobre todo, si papá y mamá no están. Para una control freak como yo, es importante sentir que hago algo, que no estoy esperando y cruzada de brazos, así que he preparado el bulto del por si acaso.

Y ahí está, sentado justo al lado de la puerta de mi cuarto, pimpoleto de lo que entiendo que debemos arrastrar en un momento dado. Para cada miembro de esta tribu hay un t shirt, un pantaloncito, un panty, un calzoncillo, una mascarilla, medicina para el dolor de cabeza, el spray del pica pica de Lorenzo, las pastillas de la alergia de mi marido, el jarabe de tos de Antonio, en fin, una mini farmacita con lo básico para sobrevivir. Alcohol, curitas, jabón, cuatro latas de salchichas, y lo más importante, una lista de todos los teléfonos de la familia, especialmente los de mi hermano Tito, que está en Texas y es el primero en la lista de emergencia seguido por Luis Enrique en Miami, a quien le hice jurar hace un tiempo que si pasa algo y Tito no aparece, él tendrá la responsabilidad de reclamarnos.

Okey, es cierto que metí un par de gomas de pelo y unos sobres de gel, porque eso de andar homless y esgreñás no era…. Imagínense, en un desastre nacional mi hermano es capaz de no reconocerme si me encuentra espeluzá.

Histeriquita, ¿no? Pero ahí no acaba todo. Tenemos instrucción de meternos en uno de los baños, en el que guardo un galón de agua, un pote gigante de antibacterial y un pote de toallitas de clorox. El alcohol no nos faltará, y me refiero al que se bebe, porque resulta que en ese mismo baño escondemos, que diga, guardamos, las botellas que no pueden vivir junto a las demás. Supongo que en un estado de emergencia, comeremos salchichas con ron o champán.

Le he dado un tour a mis hijos mostrándoles donde está cada cosa y haciéndoles jurar que en caso de extrema emergencia utilizarán el agua del tanque del inodoro. Los dos me han mirado casi arqueando, pero ni modo, se los hice jurar.

Ya les digo, no soy la misma. Mi capacidad para el temor lamentablemente se ha agrandado, pero voy apaciguándola con mi FE y con la esperanza de que las entrañas de esta tierra nuestra permanezcan quietas, bien quietecitas. Por lo menos siento que estoy haciendo algo….. y en estos casos, algo es algo, ¿no?

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