Menopausia

Lea la columna de Uka Green

La comunicadora Uka Green llega con su estilo directo a compartir con los lectores de ActivoPR. - Suministrada

Que alguien por favor me explique por qué no hablamos de la menopausia. Bueno, que casi no hablamos, porque las que vamos entrando en esa etapa tocamos el tema en tono bajito y de refilón, como quien no quiere la cosa, en alguna que otra conversación. No entiendo, si total, la menopausia es como la muerte, hacia ella vamos sin salvación e inevitablemente.

En pleno siglo veintiuno, cuando se supone que seamos tan modernos y evolucionados, la meno, que así le diré por cuestión de cariño, sigue siendo un estúpido tabú. De sólo escuchar las primeras cuatro letras de la palabra a algunas mujeres les entra el temblequeo. Se hacen una película mental que protagonizan sentadas en grupete en una mesa redonda y con mantel, hechas todas un pellejo, con los tatuajes rebeldes de la adolescencia colgando, los labios resecos y ajados y los senos y las nalgas en acto de penitencia, colgando.

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Creo que se visualizan corriendo regordetas y asfixiadas detrás de los nietos, jugando bingo, asistiendo a misa y de vez en cuando a uno de esos matinés de tríos y música del ayer. Por la cabeza no les pasa ni a jodidas verse de cuerpo rebosante, con las tetas manifestándose atrevidas por el escote v, la cintura apretada, el culo prensado y ganas de retozar. No, no, al contrario, se ven esclavizadas a la faldeta ancha y larga, el pump espantosamente opaco y bajo, la camiseta marchita y a la frigidez sexual. ¡Horror!

Pues yo no. Lo siento. La meno es amiga mía. Nos vamos conociendo y adaptando, yo a sus cambios y ella a mi personalidad de petarda. Es más, la meno me ha motivado a ser más atrevida, más arrojada. Paseo orgullosa las pocas tetas que tengo, me engancho vestidos cortos y hasta enfundo las piernas en un par de botas que me parecen tan divinas que no me las quiero quitar.

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No soy la única, no. El otro día almorcé con tres amigas menopáusicas sensacionales, fabulosas, que caminan como pavos reales mostrando la cola en vivo y a todo color. Las ironías femeninas se extienden hasta el mundo de las aves. Si usted creía que esa coleta multicolor tan lujosa y extravagante le pertenecía a un pavo hembra, se equivocó. Es el jodido macho, como siempre, quien lleva lo mejor, en este caso el exquisito plumaje. Pero bueno, en mi mundo la coleta extraordinaria la llevamos las mujeres. Punto y se acabó.

De vuelta a mis amigas del club de la meno, que cada vez somos más, todas sentencian que se han quitado un peso de encima, que esta etapa es sin duda alguna la mejor de sus vidas. Imagínense, nada de bolletes, ni plásticos insertados, ninguna preocupación por andar de blanco, sin anotaciones en la agenda ni círculos en el calendario. Nada de pastillas, aros de goma, mucho menos los miedos reproductivos. Eso sí, un poco de calorcito, no por los hot flashes sino por el fuego uterino que les quema una vez atraviesan la puerta de la libertad sexual.

“Nenaaaaaa, qué éxitoooooooo”, comenta una de ellas muerta de risa, con mirada maliciosa, sin soltar prenda de las escenas que sabrá Dios se le apretujan en la memoria y que no nos quiere contar. Así que la meno no es tan mala como la pintan. Es más, de mala no tiene nada.

Por aquello de la solidaridad que nos profesamos, cada una va desmenuzando su experiencia de manera que las otras vayan cogiendo oreja. Así fue como aprendí que la meno puede tener tres etapas: la pre, la meno y la post. Tres tazas de caldo, como dice el refrán. Mi marido dice que debe haber una menopausia infantil y otra juvenil, porque está seguro de que yo vivo instalada en ella desde el mismo momento que nací.

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Yo le digo que se ría, que se doble a carcajadas si le da la solemne gana, que lo espero en el camino para verlo arrastrar su ANDROPAUSIA, que para empezar es mucho más fea la palabra. Suena a monstruo de guerra intergaláctica. “Permíteme informarte que en la andro my darling, que da entre los cuarenta y cinco y los sesenta, etapa en la que te recuerdo que tu estás, la memoria no es la misma, el estado de ánimo cambia y para que te retuerzas de miedo mientras duermes esta noche, te informo que hasta pueden atravesar crisis existenciales y el apetito sexual disminuye considerablemente”. ¡Ja! No sé qué parte le encabrona más, si que yo se lo diga, si la de la crisis existencial o si la del apetito sexual. Como buen macho se aguanta la descarga, aparenta que no le importa nada, pero lo cierto es que desde entonces he notado que tiene sueños asustados porque varias veces en la noche pone cara de angustia y da pequeños brinquitos.

A fin de cuentas creo que estoy jodida, que pasaré mi meno con la andro de mi marido, viendo cómo se nos descascaran los huesos, que en su caso será por vejez y en el mío por lo mucho que he bailado, por supuesto. Sólo espero que luego de tantos años no me venga con una sorpresa, que yo le temo a esas crisis existenciales que suenan a quiénsoyadóndevoycómomellamo. Lo de la falta de apetito sexual ojalá que nos ataque a los dos a la vez para que no tengamos mayores problemas. Eso sí, les aseguro que exhibiré mi coleta. Me encantará ser el macho.

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Posted by Activo Puerto Rico on Friday, September 13, 2019

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