Bienvenida la abuelitud

Lee la columna de la bloguera Uka Green

Suministrada

Tan pronto mi madre se enteró de mi primer embarazo, corrió a casa de su prima Taty para meterse de narices y rebuscar en un cajón de telas, puntillas e hilos que compraban a precio barato y guardaban para cuando una de las dos, o ambas, se convirtieran en abuelas. Lo recuerdo a lo lejos…. aquello era una especie de baúl plástico instalado en un rincón de la marquesina en el que reposaban, perfectamente dobladas, piezas de algodón e hilo, balletas de distintos colores y diseños, hilos para la máquina de coser, agujas, tijeras, agujetas, alfileteros y varios enjambres de hilos de tejer en todos los colores.

Con una minuciosidad impresionante las primas se sentaban a cortar unas diminutas cotas que en principio eran muy sencillas y que después bordaban usando una rueda hueca de madera que sostenía y pillaba la tela mientras ellas perforaban al derecho y al revés flores y crucecitas. Todo con esa delicadeza fantástica que se desprende del amor genuino, de la ilusión. Las frisas eran otra cosa. Extendían las telas sobre la mesa del comedor y le buscaban pareja entre los rollos de puntillas, unas más finas que otras, unas más suaves que otras, unas más anchas que otras. Fue así cómo nacieron sabanillas de estopilla blanca bordeadas de encajes, frisitas gordas y calientitas de colores brillantes rodeadas de un borde tejido en perfecta combinación.

Así pasaron años de años preparando aquellas maravillas de las que se desprendía la emoción de recibir a una nueva criatura, sangre de su sangre. Para nosotras, que de pequeñas le sacábamos el cuerpo a esas manualidades, ese gesto era gigantesco y lleno de sentimiento. Nuestros hijos tendrían algo confeccionado por las manitas santas de sus abuelas y sobre todo, con tanto amor.

Yo no sé tejer. Ni cortar. Ni coser. Ni siquiera tengo la habilidad de pegar un botón. Así que la noticia de que seré abuela por primera vez me toma totalmente desarmada y lo que es peor, sin la intención de aprender. No es que no quiera, sino que reconozco que entre mis herramientas no están las que típicamente uno recuerda de las abuelas. De lo que sí estoy armada hasta los tereques es de un amor que me ha estremecido hasta el tuétano, que me ha sacudido el espíritu y que desde ya se perfila como una bendición. Tengo cero habilidad para las manualidades, pero para amar tengo una capacidad tan grande que hasta raya en lo ridículo.

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Eso sí, AbUka sabrá contarle cuentos a ese baby, desde la Caperucita hasta los Tres Cerditos. ¡Y con lujo de detalles! También le cantará nanas, merenguitos, salsitas y reggaetoncitos. Le enseñará La Borinqueña, Verde Luz, La Tierruca, le recitará Majestad Negra y le leerá trozos de Vargas Llosa o García Márquez. Sospecho que será mi compañía para ver Netflix y que le iniciaré en el mundo de las redes, a su tiempo claro está.

AbUka le enseñará principios, solidaridad, a enlazarse en amistades de por vida, a reírse a carcajada limpia y a llorar a moco tendío. Ya me imagino dibujando con tiza en el piso, brincando cuica, saltando como la pelota que soy el juego de La Peregrina. Y le escribiré – ¡claro que le escribiré! – para que su historia no se pierda por ahí y se quede atascada en ese pasado que a veces se apodera de las memorias. Seré una especie de diario en el que cuando tenga capacidad encontrará todo lo que quiera saber sobre su familia, la que está y la que no está. Supongo que aprovecharé esas líneas para pedirle perdón por el mundo jodido que hereda e intentaré explicarle la historia de un país casi cayendo a pedazos. Pero le motivaré a ser valiente, le reforzaré su autoestima y le hablaré de su completa capacidad de diseñar y crear una vida mejor. Si algo tiene su abuela en cantidades industriales es la habilidad de encontrar un rayito de luz en medio del cielo apretado.

Cuando anuncié que seré abuela muchas amistades me llamaron Abita, Abi, Abuelita, Abubu, Tata y Bulita (estos dos eran los apodos de mi suegra y mi madre). “Uka estará bien”, les contesté. Pero entonces llegó mi querido amigo José Santana, con esa creatividad como pocos, y me bautizó AbUka. Entonces Abuka seré. Acá entre nos les confieso que el apodo me parece bastante cool.

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No seré la típica abuelita, pero como todas, intentaré ser la mejor. Por eso ando con la cabeza metida en los recovecos de la casa buscando unas bolsas plásticas en las que guardé las cotitas, frisas, pañitos y sabanitas que usaron mi marido (sí, mi santa suegra las guardó) y mis hijos. Las encontraré, eso no lo duden. Entonces las colocaré en un cubo con agua y jabón de castilla para estregarles lo viejo y en el enjuague derramaré unas gotitas de limón. No sé para qué coño mi madre lo hacía, pero que se joda, ya que no sé tejer ni coser, por lo menos haré este ritual. Luego las tenderé al sol para que se iluminen y las seque el viento fresco. Y hasta ahí señores, que no sé nada más de tradiciones.

Me miro al espejo y no descubro cara de abuela. Mucho menos actitud. Pero bueno, abrazo esta nueva etapa con el mismo amor, pasión y entrega con las que he abrazado todas las etapas que han ido apareciendo en la ruta de mi vida.

¡BIENVENIDA LA ABUELITUD!

Esta columna expresa solo el punto de vista de su autor. Uka Green es publicista, bloguera. Puedes contactarla a través de su página de Facebook: Uka Green o visita su blog Cincuentaytantos.

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