Maravillas de la Web: Inteligencia artificial

Lee la columna del profesor Rafael Matos

Muchos están maravillados. Otros le temen. La mayoría no entiende todavía bien de qué se trata. Para los tecnófilos, es el futuro.

Se trata de la IA, siglas para la Inteligencia Artificial. Esa nueva capacidad de los científicos para enseñar a las máquinas a pensar como los humanos. O casi.

En realidad, hay dos tipos de inteligencia, la de las máquinas y las de los seres vivos. Nunca serán intercambiables por el simple hecho de que las máquinas carecen de conciencia, o lo que los protocolos de la IA llaman self awareness. Ese un atributo puramente humano.

Muchos se preguntan: ¿Habrá que temerle a la IA? Esa visión peliculera de máquinas que se vuelven tan astutas que dominan la humanidad. Maquinas tan inteligentes que se clonan a sí mismas y hacen versiones mejoradas y logran resolver mediante algoritmos ultra-inteligentes los más complejos acertijos matemáticos. Máquinas con tanto poder mental que rendirían inútiles, obsoletos a los seres humanos.
No. Pura ciencia ficción.

La súper inteligencia mecánica siempre estará supeditada al ser humano. Es diseñada de ese modo, pues son humanos sus artífices.

Podría ser usada para hacer daño, como la energía nuclear, pero esa maldad o usos torcidos, será siempre menor a la crueldad humana, cuya capacidad no parece tener límites.

Es decir, a menos que haya una intervención divina o extraterrestre, la IA nunca tendrá capacidad suficiente para superar la conciencia humana.

En el pasado, el salto desde el ábaco a la supercomputadora fue veloz y el protocolo era que las máquinas interactuaran con los humanos mediante programaciones dirigidas. Interfaces robóticas, le dicen a eso los científicos

Al presente y en el futuro lejano, la IA será más astuta, y esto es lo que asusta a muchos. Su diseño es que aprenda de su propias procedimientos analíticos y crezca en capacidad artificiosa. Pero… Lo cierto es que las máquinas todavía son y serán muy torpes por su falta de emoción. La esperanza de todos es que esa IA expansiva y funcional sea puramente para usos prácticos solamente.

Veamos algunas tecnologías inteligentes bastante útiles ya hoy en día. La Internet de todas las cosas, las redes sociales selectivas, las telecomunicaciones globales con sus celulares smart y el posicionamiento geográficos (GPS) cada vez más preciso. Aunque con resquemor, muchos consideran los vehículos autónomos que ya corren por el horizonte como un gran avance de la IA.

Miramos maravillados la digitalización del sonido, de las imágenes y muy pronto, los olores humanos. Las prótesis inteligentes alivian la dificultan a muchos discapacitados. Las figuras robóticas alivian la soledad a muchos, no necesariamente en lo sexual, sino en lo compañía artificial que proveen. Las tarjetas de crédito con sus chipsintuitivos. Pantallas táctiles responsivas.

Hay pros y contras.

La biométrica nos provee instancias de seguridad, pero quizás también algo de intrusión en nuestra privacidad. Los edificios, oficinas y los mismo hogares son cada vez menos somáticos. Es decir, menos parte de la dimensión corporal que de la emociones como lo es la poesía, la música o un cuadro de Van Gogh.

En fin, la IA provee una nueva dimensión para los humanos, la de las máquinas pensantes. Aliviarán nuestras tareas tediosas, pero nunca podrán sentir por nosotros. Podrá parearnos con un novio(a) virtual, pero no enseñarnos a amar. Ni apreciar lo sublime de una sonata que baja de la nube electrónica y menos derramar lágrimas de alegría por nosotros al nacer la primer nieta.

 

Esta columna expresa solo el punto de vista de su autor. Rafael Matos es periodista y profesor de multimedios. Puedes contactarlo a través de [email protected]