Mrs. Veinte Pesos

Lee la columna de la bloguera Uka Green

Me miro al espejo y veo todo clarísimo. La imagen refleja la cruda y visceral contestación a las dudas que pululan como Juan por su casa por mi cabeza. Tengo cara de ATH. Claro, soy uno de los primeros modelos. He sobrevivido un poco guayada, con raspasos por las esquinas. Ah, pero funciono como una ATH de quince. Es más, justo en medio de un desespero me encuentran de lo más aquel, madurita pero guapetona y experimentada.

Voy bajando la vista y me topo con otra sorpresa. Cruzando mi cuerpo en diagonal desde el hombro a la cadera, hay una cinta rosita, (¡horror!), sostenida o mejor dicho sujetada, a pinchazo de alfiler y con letras cursivas en escarcha plateada que dice Mrs. Veinte Pesos.

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Más abajo me espera lo peor. Descubro que las libras engullidas, saboreadas y disfrutadas durante tantos años se han acumulado en mi cuerpo en forma de wallet. Bueno, creo que monedero, de esos que soñaron ser cuadrados y que a último minuto terminaron redondeados en las esquinas, gorditos, rechonchitos, con una cerradura de metal con dos bolitas brillosas y capacidad en su interior para muchas pesetas.

Ahora entiendo a mis cuatro hijos. Bendito, tanta cantaleta y regaño que les he dado sin saber que aunque yo me pensaba y veía como un ser normal, mi verdadera apariencia es de banco prestatario, o como sean las palabrotas esas tan cursis que utilizan los genios de la publicidad para tentarte en sus anuncios con ofertas, promesas y credibilidad.

¡Santo Cristo de los Milagros, a lo que he llegado con la edad! Con razón mis cuatro razones de vivir y de joderme trabajando me perseguían con su eslogan: “dame chavos, dame chavos, dame chavos”. “¿Y cuánto necesitas para el cine?” “Veinte pesos”. “¿Y cuánto necesitas para ir a comer?” “Veinte pesos”. “¿Y cuánto cuesta el jueguito?” “Veinte pesos.” “¿Y cuánto cuesta la fiesta?” “Veinte pesos”.

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Les juro que a veces, en el intento por combatir este insomnio que me acompaña hace cuchucientos años, en vez de contar ovejas cuento billetes de veinte. Nuevecitos, olorocitos a papel, a tinta y a ese inconfundible olor a imprenta que detectamos a distancia los periodistas. Veinte por uno, veinte por dos, veinte por tres… y de sueño nada, al contrario, pesadillas me da la contadera de ese dinero que flota en el espacio. Lo persigo con la vista, lo acecho, me preparo para de un tirón alargar la mano y atraparlo. Pero fallo; y el dinero se va literalmente volando.

He intentado varias tácticas guerrilleras para luchar contra la pedidera de dinero. Les he contado cuentos tan tétricos y dramáticos a mis hijos sobre las necesidades de los niños en otros países que he pasado el resto del día sintiéndome miserable por haberlos atormentado tanto. La consigna ha sido inculcarles el valor del dinero. Pero un incidente ocurrido el año pasado me hizo reevaluar la estrategia.

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Lorenzo se tragó un vellón. Antonio corrió gritando por toda la casa. A mí por poco me da una embolia cerebral y creo que a mi marido la voz se le murió en el acto. La moneda era de Antonio, que se la había prestado a Lorenzo para que hiciera unas cabronas marometas de mago. Y como Lorenzo nunca cierra la boca, pues se la tragó. Como se imaginarán, se formó un corre y corre. Que se muere el niño, que a cuál hospital, que si puede respirar, que si ay Dios mío, santo patrón del vellón, sálvalo mi Dios….

Mi marido corrió con Lorenzo hacia el carro. Y yo, en control pero llorando, miro hacia el lado y veo a Antonio vistiéndose de prisa. Se me apretó el corazón de verlo interesado en acompañar a su hermano gemelo. Pero no. Me miró, agarró una cajita y me dijo: “Mamá, voy al hospital porque ese es mi vellón.” Lloró y pataleteó cuando su padre, haciendo esfuerzo para contener la risa, le dijo que no.

Al filo de la una de la mañana Antonio no se dormía. Se le cerraban los ojos y los abría de sopetón. “Pero Antonio, acuéstate hijo”. “No Mamá, estoy esperando mi vellón.” La monedita de cinco centavos obviamente no regresó. Viajó por el estómago y las tripas de Lorenzo sin ocasionarle problemas, gracias a Dios. Luego de semanas de placas y exámenes, el doctor nos dio una respuesta tajante: “La botará en la mierda.” ¿No pudo decirlo más bonito? Al defecar, en la caquita, en el pupu. No. En la mierda.

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“¿Y cómo sabremos que salió?”, pregunté yo, frizada porque eso de hurgar no va nada nada nada nada conmigo. “Pues tienen dos opciones”, nos dijo, “o confían, o cada vez que el niño vaya al baño la buscan con un palito”. “¿Quéeeee??” Mi estado de huelga fue inmediato. “Yo no”, le dije a mi marido. Y aunque en principio mi esposito acompañaba gentilmente a su hijo al baño, ya al final se cansó de esperar que pariera.

El único que no desistía ni se cansaba era Antonio, quien corría desde donde estuviera cada vez que sospechaba que su hermano corría al baño para hacer el número dos. Siempre con cajita en mano para el velloncito que jamás, ni siquiera al día de hoy, le ha perdonado.

Sentí remordimiento por las cantaletas sobre el valor del dinero y me arrepentí una y otra vez de no haber incluido un adendum para la suerte de algunas monedas. Es por eso que, como les dije, decidimos reevaluar nuestra estrategia. ¿Cuál es la nueva? Pues todavía la estamos buscando. En el interín sigo con mi cara de ATH, mi cinta de Mrs. Veinte Pesos y mi cuerpito de wallet.

 

Esta columna expresa solo el punto de vista de su autor. Uka Green es publicista y bloguera. Puedes contactarla a través de su página de Facebook: Uka Green o visita su blog Cincuentaytantos.

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