Maravillas de la Web: Google en mi vida

Lee la columna del profesor Rafael Matos

Google sabe mucho sobre cada uno de sus usuarios. Vamos a ver cómo lo hace.

Es incuestionable que Google resulta indispensable en la vida digital del siglo 21. Desde la creación del buscador allá, para 1995, es casi imposible no recurrir a Google para dar con algo guardado en los profundos recovecos del ciberespacio.

Es que antes de que se idearan los rastreadores de datos a finales del siglo pasado como Yahoo!, Excite, Compuserve y Google, toda la información en la Web estaba regada en la nube electrónica como una colosal biblioteca por donde había pasado un ciclón.

Es decir, se iba llenando la Red con millones de documentos cada minuto, pero nadie sabía dónde estaban guardados cada dato. Google puso orden.

Como un gran sol al centro de la Internet, Google.com es la página más visitada del espacio digital. Su principal función original era como buscador, pero ahora ofrece publicidad, almacenamiento en la nube, servicios empresariales, libros, mapas terrestres, oceanográficos o siderales, noticias, correo electrónico, una red social, traductor, depósito de imágenes y hasta navegador. Provee además el sistema operativo Android para móviles. Google mueve todo mediante microonda, fibra óptica, satélites o globos aerostáticos (Google Loon), los que usó en Puerto Rico durante la crisis del huracán María.

Google guarda un trillón de páginas. Tiene almacenada más de dos mil millones de imágenes. Tomaría a un humano 38 mil años examinar todas las páginas en Google una por un minuto.

No hay duda que es colosal, una herramienta intrusiva pero muy útil. Google ha recibido extensas críticas por meter las narices en la privacidad de sus usuarios. Vamos a ver cómo lo hace.

Básicamente, el buscador examina nuestros hábitos de uso con el fin de operar su negocio principal que es enviar publicidad segmentada a los usuarios.

Google analiza con cariño, desmesurado nuestros intereses culturales, dónde vamos, con quién hablamos, canciones favoritas, creencias religiosas, ideologías políticas y sobre todo, todo lo que nos interesa consumir. Usa una docena de herramientas para conseguir esa data, básicamente a través de nuestras interacciones con Google Search, su correo Gmail, el navegador Chrome, Maps, Drive, Songza, Youtube, Android y, por supuesto, Google Ads.

Sabe a quién escribimos, qué leemos, cual es nuestro idioma, cuales videos nos gustan y la mercancía que nos atrae en al Red. Conoce el timbre de nuestra voz y nuestro semblante por las fotos que guardamos en su nube.

En términos de consumo, sabe cuánto gastamos, qué compramos, cuántos gastamos y tiene un estimado de nuestros ingresos. Para esto usa las herramientas Google Shopping, Google Wallet, Google Checkout y Google Drive.

En teoría, para saber tanto de nosotros, Google, en cambio nos garantiza la calidad de todos estos servicios de manera gratis.

No obstante, algunos usuarios de la Internet dicen que existe vida después de Google.

Los que se asustan por tanta falta de privacidad, prefieren usar menos herramientas de ese conglomerado. Pero, si no es Google, será cualquier otra empresa cibernética la que nos rastrea. Ese es el precio de consumir bienes en la era digital.

Esta columna expresa solo el punto de vista de su autor. Rafael Matos es periodista y profesor de multimedios. Puedes contactarlo a través de [email protected]